EL MUNDO ES PLANO

EL MUNDO ES PLANO

ANALISIS FUNCIONAL

ANALISIS FUNCIONAL

viernes, 8 de octubre de 2010

EL VIOLINISTA

Esa mañana al abrir los ojos supo que ese día iba a ser particularmente diferente. Mientras miraba hacia el techo el corazón le latía más rápido de lo normal y sintió una presión en su pecho, entonces intuyó que era el presentimiento de que iba a aprender una lección que dejaría una huella imborrable en su vida.
Se sentó en la cama, buscó sus pantuflas en el suelo de madera y otra vez olvidó darle gracias a Dios por un nuevo día, todas las mañanas lo hacía, pero de unos meses atrás había perdido el hábito auto justificándose en la gran cantidad de tiempo que le exigía el hecho de tocar su violín. Se puso de pie y contempló su pelo desordenado en el espejo, no se esforzó en arreglarlo, un poco somnoliento se dirigió al baño, abrió la gaveta y observó la máquina de afeitar que hacía un buen tiempo no usaba. Estiró su brazo para alcanzarla pero hizo una pausa justo en el aíre y lo bajó de nuevo; concluyó que podría aguantar otro día con su barba gris azulada que ya se veía espesa y le hacía ver al menos cinco años mayor de lo que era realmente.
Con sus jeans rotos, camiseta blanca y chaqueta de pana café, abierta, agarró el estuche con su violín y se dirigió a la puerta de la casa. El corazón le latía aún más fuerte, ahora hasta le dolía y sentía que iba a salir expulsado de su pecho en cualquier momento.
Una ambulancia recorría la avenida rápidamente con sus sirenas encendidas, produciendo un ruido que retumbaba en los oídos de los transeúntes. Al otro lado de la calle un individuo discutía fuertemente con otro que había atravezado su auto frente a su taxi después de que este chocara accidentalmente su puerta trasera en un intento por sobrepasarlo antes que la luz del semáforo cambiara a rojo. Las bocinas de los otros vehículos retumbaban en las paredes de los altos edificios produciendo un ensordecedor eco que ahora parecía imperceptible entre los cientos de personas que afanadas se dirigían a sus lugares de trabajo. Voces, rumores, risas, gritos, lágrimas, carcajadas, empujones, todo se unía bajo el sol de la mañana de la hora pico, en la cual los pequeños y hermosos detalles de la vida no importan nada, al menos hasta que lleguemos a nuestra oficina antes que nuestro jefe y estemos sentados frente a nuestro ordenador haciéndole frente a otro monótono día de trabajo.
En la estación buscó un espacio despejado en medio de la multitud que se abría camino para conseguir un lugar en el metro. Después de diez empujones, siete pisadas y catorce insultos logró por fin encontrar un lugar vacío frente a una pared amarilla decorada con algunos grafitis de colores, que resplandecía en medio de tanto caos, como invitando a ver la luz en medio de la una oscuridad espesa hecha de estrés y monotonía. Abrió su estuche, cogió su violín y empezó a tocar sus mejores melodías. El hombre de jeans rotos, camiseta blanca y chaqueta de pana café, abierta, entro a su mundo lleno de colores a través de su violín y una luz del cielo pareció iluminarlo solo a él, como cuando el mejor de los artistas aparece en medio de un escenario oscuro y el público lo admira mientras la única luz del lugar se dirige solo a él y a su instrumento y toda la atención se dirige hacia ese, su momento.
Sus melodías sonaban deliciosamente agradables, interpretó piezas clásicas y magistrales. Con cada nota que salía de su violín el amarillo de la pared parecía cobrar más vida e iluminaba el lugar repleto de transeúntes que apenas lo notaban. Pasó una hora y ni tan siquiera una persona se había detenido a contemplar la suave melodía de colores que emanaba de su violín, incluso recibió otros empujones de ejecutivos que pasaban de afán. Pasaron dos horas y de repente una mujer que atravesaba rápidamente la estación con su hija sujetada de la mano le lanzó un billete a los pies. En seguida, un joven repitió la misma acción pero le puso una moneda en el estuche de su violín que descansaba en el suelo. Acto seguido el joven siguió su camino sin tan siquiera detenerse a escuchar las melodías llenas de vida que salían del instrumento del músico de la barba azulada y espesa.
Tres horas después nuestro músico seguía tocando su violín con más fuerza que nunca y la melodía de su música estaba en éxtasis; cada nota era perfecta, era como escuchar música hecha por ángeles, pero en el metro la multitud no lo notaba y solo estaba pendiente del aviso del metro que les sirviera para llegar a su destino. Cuatro horas después por fin una pareja de novios se detuvo a escucharlo, después de un par de minutos el hombre haló el suéter morado de su compañera y le recordó que iban tarde para su clase, así que partieron. Después de cinco horas, el hombre de jeans rotos, camiseta blanca y chaqueta de pana, abierta, decidió sorprender a su público (¿Invisible?) con lo último que había escrito en su repertorio. Le estaba dando la oportunidad a la gente del metro para que conociera en primicia su último trabajo y lo mostró como nunca; era el más hermoso oasis en medio del cruel y árido desierto de la indiferencia. Siete horas después el balance era el siguiente: Dos personas le dieron dinero sin percatarse de su música, tres personas se detuvieron durante menos de un minuto a escucharlo, un anciano se detuvo y escuchó una de sus canciones completa, luego aplaudió y se retiró con su caminar pausado. Un triste resultado después de estar en un lugar por el que pasan millones de personas en tan una sola mañana.
De regreso casa, el hombre de jeans rotos, camiseta blanca y chaqueta café, abierta, se planteaba muchas inquietudes mientras acariciaba su barba azulada, espesa y descuidada. Una de ellas era si, así como la gente del metro, él había perdido la capacidad de ser sensible al gran encanto de las pequeñas cosas y por eso tal vez no se había afeitado hace mucho tiempo. Entonces pensó en Dios; le agradeció por cada segundo vivido durante ese día y le pidió perdón por olvidarse de él durante tanto tiempo, tal vez por eso era que su corazón latía con tanta fuerza en la mañana. También le prometió afeitarse a la mañana siguiente y cambiar sus jeans rotos, la camiseta y la chaqueta café por su vestido negro. Era necesario también, pues al día siguiente tenía que dar el concierto en el teatro más reconocido de la ciudad para presentar su nuevo trabajo. Los tickets estaban ya todos vendidos por precios exorbitantes asegurando el lleno total y el hombre que ya no tendría barba espesa debería justificar el título de mejor violinista del mundo.

1 comentario:

  1. Lina
    Te califique dos veces pues tenias dos blogs; solucionado el incoveniente ya te escribo en el oficial veo que cumpliste con los requerimientos basicos del blog pero tambien le colocaste emocion y creatividad adenas de un bello relato no incluiste el trabajo sobre toyota...
    Felicitaciones
    Nota 4.5

    ResponderEliminar